La historia que me construyó

Este era yo, Abel, aunque detrás de ese nombre no había un gurú, ni un maestro, ni alguien que tuviera todas las respuestas del Universo, si había una gran fuerza interior que quería amar y ser amado.

Hoy hay una persona que ha tenido que perderse bastante para empezar a entenderse.

Cuando tenía 5 años, mis padres se separaron. A los 10, me fui a vivir con mi madre a casi 800 kilómetros de donde había nacido. Pasé de León a Lérida, a un entorno nuevo, con una lengua diferente y con la sensación de no saber muy bien dónde encajaba.

Durante el primer año sufrí bullying. De niño no entiendes esas cosas. No sabes procesarlas. Solo te sientes solo, perdido, raro, culpable… como si el problema fueras tú.

Y cuando no sabes sanar lo que sientes, empiezas a taparlo.

Primero me refugié en los videojuegos y creé varios canales de Youtube. Recuerdo pasar muchas horas jugando a la Play, a juegos como Call of Duty, canalizando una rabia que ni siquiera sabía explicar. Llegué a romper mandos, a explotar por cosas pequeñas, porque por dentro había una intensidad emocional que no sabía manejar.

Después intenté llenar ese vacío buscando aprobación: quería ser más popular, salir más de fiesta, beber más, caer bien a todo el mundo, estar siempre disponible, no decir que no, parecer fuerte por fuera aunque por dentro no lo estuviera.

A los 16 años empecé a trabajar de camarero. Eso me enseñó pronto el valor del dinero, el esfuerzo y lo que cuesta ganar cada euro. Pero, aunque entendía lo que costaba conseguirlo, durante años no supe sostenerlo y rápido lo gastaba en fiesta, alcohol y apuestas.

En los veranos, cuando volvía a León, muchas veces entraba en una rueda de fiesta sin control, alcohol, apuestas y gastaba todo lo que había ahorrado trabajando en pocos días.

Y durante años repetí patrones que no entendía.

Atraía relaciones donde aparecía mucho miedo al abandono. Me perdía a mí mismo intentando no perder a otra persona. Quería ganar dinero, pero cuando lo ganaba, encontraba formas de perderlo, gastarlo o sabotearlo, porque (y ahora entiendo), que no sentía merecerlo.

Quería cambiar, pero volvía a hábitos que me hacían daño.

En una de mis primeras relaciones también se abrió una puerta espiritual para mí. Esa persona tenía una sensibilidad especial para percibir energías o presencias de personas que ya no estaban en este plano. Yo no sabía muy bien qué pensar, pero algo dentro de mí empezó a preguntarse si quizá la vida era mucho más grande que lo que podemos ver.

Tuve problemas con la adicción a la pornografía, con las apuestas, con la fiesta y con usar el placer como una forma de escape y anestesia. No lo veía así en ese momento. Pensaba que simplemente estaba viviendo. Pero muchas veces, en realidad, estaba huyendo de mis emociones que no sabía gestionar.

A los 20 años perdí a un amigo cercano en un accidente de coche, justo al día siguiente de haber estado con él de fiesta. Ahí entendí que nada está garantizado, que todo puede cambiar en un segundo y que muchas veces vivimos como si tuviéramos tiempo infinito.

A los 21 años recuerdo volver de León sin encontrarle sentido a mi vida. Tras el verano, de una etapa de descontrol, de fiesta, de alcohol, de apuestas, de gastar dinero sin pensar y de intentar tapar con ruido todo lo que por dentro no sabía gestionar. Llegó una noche en la que no podía más, y estuve a punto de cometer el peor error de mi vida (ya sabes a qué me refiero).

A los 25 años pasé por lo que se conoce como noche oscura del alma.

Me arruiné, terminé una relación importante y atravesé una crisis existencial muy fuerte. Llegué a un punto muy oscuro, de esos en los que ya no sabes qué sentido tiene seguir y te rindes. No lo digo para dar pena. Lo digo porque sé que probablemente, tú que estás leyendo esto, estés en una situación parecida.

Después de aquello me fui 1 año y medio a Australia.

Allí trabajé de todo: repartidor de UberEats, camarero, haciendo cafés, preparando cócteles, reparando televisiones, en la obra, de jardinero… trabajos que nunca imaginé hacer. Durante una etapa llegué a trabajar70 horas a la semana. Y después de un año allí, me quedé completamente solo, centrado 100% en mi crecimiento personal, físico y espiritual.

Pero esa soledad, aunque al principio dolía, también me obligó a ser amigo mío, y sostenerme.

Más tarde viajé durante 1 mes y medio por diferentes países (Malasia, Indonesia, Tailandia, Vietnam, Turquía...) solo, conociendo culturas, personas, formas de vivir y maneras completamente distintas de ver el mundo. Y eso me cambió brutalmente. Porque cuando sales de tu burbuja y ves tantas vidas diferentes, entiendes algo muy simple: en el fondo todos buscamos lo mismo.

Todos queremos sentirnos queridos, estar en paz, encontrar nuestro lugar y dejar de cargar con cosas que no sabemos cómo soltar.

Siempre me había interesado entender al ser humano. Desde joven me preguntaba por qué algunas personas tenían más autoestima, más confianza o más seguridad, mientras otras vivían atrapadas en el miedo. Pero fue después de tocar fondo cuando empecé a tomármelo de verdad en serio.

Fui a varios psicólogos, hice diferentes terapias (Gestalt, EDMR, inconsciente...), investigué sobre desarrollo personal, psicología, neurociencia, espiritualidad, trauma, adicciones, energía, creencias, manifestación y trascendencia.

No para parecer más consciente.

Sino porque necesitaba entenderme.

Necesitaba entender por qué repetía relaciones parecidas.
Por qué buscaba fuera lo que no sabía darme dentro.
Por qué confundía amor con dependencia.
Por qué usaba el placer para no sentir vacío.
Por qué una parte de mí quería avanzar y otra parecía sabotearlo todo.

Aunque durante mucho tiempo odiaba y maldecía mi vida, entendí algo:

"Los puntos se conectan hacia atrás, y todo tendrá sentido en la totalidad del tiempo."

El niño que se sintió solo busca aprobación.
El adolescente que no supo gestionar su rabia busca escape.
La persona que tuvo miedo al abandono se engancha a relaciones que le duelen.
El que no se siente suficiente intenta demostrar todo el tiempo.

Hoy vivo solo y estoy reconstruyendo mi vida desde otro lugar: con más consciencia, más responsabilidad emocional y más honestidad conmigo mismo.

Y de todo ese camino nació el proyecto más importante de mi vida, Club Unidad.

No nace de una vida perfecta.
Nace de haber tocado fondo varias veces.
De haber buscado respuestas durante años.
De haber entendido que muchas personas no necesitan otro discurso motivador, sino alguien que les entienda pero les diga la verdad que no quieren oír, pero sienten que necesitan.

Porque sé lo que es querer cambiar y no poder.
Sé lo que es repetir una relación y que no funcione.
Sé lo que es usar el placer para no sentir.
Sé lo que es perder dinero por no saber sostenerlo.
Sé lo que es aparentar que estás bien mientras por dentro estás agotado.

Y también sé que se puede salir de ahí.

No con una fórmula mágica.
No de un día para otro.
Pero sí con verdad, con orden, con consciencia y con la valentía de mirar dentro.

Eso es lo que intento compartir contigo cada día.

No para que me creas a mí.


Sino para que, al conocer mi historia, quizá sientas esperanza de que, algún día, sin saber cómo...

Todo tendrá sentido.

Espero de corazón que este viaje te sirva,

yo haré todo lo que esté en mi mano para facilitarte el camino.

ANTES

AHORA

Únete gratis al Club Unidad

Recibirás contenido diario pensado para ayudarte a cambiar tu vida de forma cómoda pero radical.

REDES SOCIALES

Club Unidad. Creado por Abel García. Todos los derechos reservados.